Medio siglo un hecho. (A Charo y Ángel en sus Bodas de Oro, 22/04/2017)

Medio siglo un hecho

                                                        A Charo y Ángel

No, no llegan

No llegan palabras

Que describan cierto

Este día inmenso

Convertido en meta

De un abril de sueño

Veintidós destinos

Medio siglo un hecho

Hoy aquí se muestra

Alegría plena

Verse todos juntos

Incipientes rumbos

Ya maduros otros

Expectantes todos

Porque sois camino

Vuestra huella marca

Como sello vivo

De desnudos pies

Que atraviesa sendas

Con inciertos pasos

Entre cielo y tierra.

La vida en un suspiro

Cincuenta y un ayer

Dorado es su color

Calzados viajes Marta

Hogar es suela y piel

Iván despierta a un camping

Carolina Fuente Dé

Susto ochenta y llega

Ganando la esperanza

Dulce María y tierna.

Dolores sufre el cuerpo

Más allá de la razón

Y tiembla el corazón

Paciente ante el dolor.

Paz al fin y júbilo

Espacio y tiempos nuevos

Pincel y fuentes vivas

Del óleo a la acuarela

Enmarcan el crecer

Familia y colores

Infancias y pasiones.

Adioses llegan ya

Y amargas despedidas

Os hacen ser testigos

Mirando al horizonte

De nubes por crear

De surcos por trazar

Vivos que conducen

Cuerpo y alma juntos

Fundidos todavía

Sagrada aceptación

¿Quiénes sois? ¿Para qué?

Vivir día tras día

Oscuras nubes miradas

Claras mañanas frescas

Sabiendo qué es

Un amor sincero

Más allá del llanto

Del sufrido canto

Porque cuesta ver

Escondido amor

Entre torpes miedos

¿Amor o fe? ¿En ti o en él?

¿Entre ella y tú?

Eterno espacio

Donde todo cabe

Todo todo todo…

Salvo una cosa

Miedo a ser…

Y a ser querido.

Tantos ratos cosas

Y andar por cauces

Secos que al río acoge

En reflejos vivos

Caminar despierto

Vivir la vida

Mirando siempre

La señal del  cielo

Que marca sendas

De amor sincero

De vida plena

De colores vivos

Más allá del tiempo

Que hoy aquí celebra

Convocando gente

Convocando amor

Propiciando ejemplo

Que traspasa tierras

Horizonte y cielos.

 

¡¡¡MUCHAS FELICIDADES!!!

J. Bodas

              22/04/17

 

 

 

 

 

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Poema El Cristo yacente de Santa Clara de Palencia. (Miguel de Unamuno)

EL CRISTO YACENTE DE SANTA CLARA (IGLESIA DE LA CRUZ) DE PALENCIA

 https://www.youtube.com/watch?v=m_gjq8pW5vg

Poema “El Cristo yacente de Santa Clara de Palencia”

No recuerdo la fecha de su composición, pero sí sé que tardó dos días en componerlo. Es un canto oscuro, sin aparente esperanza. Cuando he oído el recitado, el poeta se esfuerza en remarcar la “r” de tierra, de manera que suena como “tierrrra”. (Pinchar para habilitar la edición y oír la música sola, viendo el vídeo, y si se quiere después, oyendo la música de fondo, leer pausadamente el poema de UNAMUNO)

(Gentileza de mi querido amigo Rafael Esparza que agradezco)

Éste es aquel convento de franciscas,
de la antigua leyenda;
aquí es donde la Virgen toda cielo
hizo por largos años de tornera,
cuando la pobre Margarita, loca,
de eterno amor sedienta,
lo iba a buscar donde el amor no vive,
en el seco destierro de esta tierra.
Éste es aquel convento de las Claras,
las hijas de la dulce compañera
del Serafín de Asís que desde Italia
sembró estas flores en la España nuestra,
blancos lirios del páramo sediento
que en aroma conviértennos la queja.

 

Las pobres en el claustro que un tenorio
deslumbró con la luz de la tragedia,
llevándose a la pobre Margarita,
con su sed de ser madre, la tornera,
mientras la dulce lámpara brillaba
que ante la Madre Virgen encendiera,
cunan, vírgenes madres, como a un niño,
al Cristo formidable de esta tierra.

 

Este Cristo, inmortal como la muerte,
no resucita; ¿para qué?, no espera
sino la muerte misma.
De su boca entreabierta,
negra como el misterio indescifrable,
fluye hacia la nada,
a la que nunca llega,
disolvimiento.
Porque este Cristo de mi tierra es tierra.

Dormir, dormir, dormir…, es el descanso
de la fatiga eterna,
y del trabajo del vivir que mata
es la trágica siesta.
No la quietud de paz en el ensueño,
sino profunda inercia,
y cual doliente humanidad, en la sima
de sus entrañas negras,
en silencio montones de gusanos
le verbenean.

Cristo que, siendo polvo, al polvo ha vuelto;
Cristo que, pues que duerme, nada espera.
Del polvo prehumano con que luego
nuestro Padre del cielo a Adán hiciera
se nos formó este Cristo tras-humano,
sin más cruz que la tierra;
de polvo eterno de antes de la vida
se hizo este Cristo,
tierra de después de la muerte;
porque este Cristo de mi tierra es tierra.

“No hay nada más eterno que la muerte;
todo se acaba —dice a nuestras penas—;
no es ni sueño la vida;
todo no es más que tierra;
todo no es sino nada, nada, nada…
y hedionda nada que al soñarla apesta.”
Es lo que dice el Cristo pesadilla;
porque este Cristo de mi tierra es tierra.

Cierra los dulces ojos con que el otro
desnudó el corazón a Magdalena,
y hacia dentro de sí mirando, ciego,
ve las negruras de su gusanera.

Este Cristo cadáver, que como tal no piensa,
libre está del dolor del pensamiento,
de la congoja atroz que allá en la huerta
del olivar al otro
—con el alma colmada de tristeza—
le hizo pedir al Padre que le ahorrara
el cáliz de la pena.
Cuajarones de sangre
sus cabellos prenden,
cuajada sangre negra,
que en el Calvario le regó la carne
pero esa sangre no es ya sino tierra;
grumos de sangre del dolor del cuerpo,
grumos de sangre seca.
Más del sudor de angustia
de la recia batalla del espíritu,
de aquel sudor con que la seca tierra
regó, de aquellos densos goterones,
rastro alguno le queda.
Evaporóse aquel sudor llevando
el dolor de pensar a las esferas
en que sufriendo el pobre pensamiento,
buscando a Dios sin encontrarlo, vuela.
¿Y cómo ha de dolerle el pensamiento
si es sólo carne muerta,
mojama recostrada con la sangre,
cuajada sangre negra?
Ese dolor espíritu no habita
en carne, sangre y tierra.

No es este Cristo el Verbo que encarnara
en carne vividera;
este Cristo es la Gana, la real Gana,
que se ha enterrado en tierra;
la pura voluntad que se destruye
muriendo en la materia;
una escurraja de hombre trogloditico
con la desnuda voluntad que, ciega,
escapando a la vida,
se eterniza hecha tierra.

Este Cristo español que no ha vivido,
negro como el mantillo de la tierra,
yace cual la llanura,
horizontal, tendido,
sin alma y sin espera.
Con los ojos cerrados cara al cielo
avaro en lluvia y que los panes quema.
Y aún con sus negros pies de garra de águila
querer parece aprisionar la tierra.

O es que Dios penitente acaso quiso
para purgar de culpa su conciencia
por haber hecho al hombre,
y con el hombre la maldad y la pena,
vestido de este andrajo miserable
gustar muerte terrena.

La piedad popular ve que las uñas
y el cabello le medran,
de la vida lo córneo, lo duro, supersticiones secas,
lo que araña
y aquello de que se ase la segada cabeza.

La piedad maternal de aquellas pobres
hijas de Santa Clara
le cubriera con faldillas
de blanca seda y oro
las hediondas vergüenzas,
aunque el zurrón de huesos y de podre
no es ni varón ni hembra;
que este Cristo español, sin sexo alguno,
más allá yace de esa diferencia
que es el trágico nudo de la historia,
pues este Cristo de mi tierra es tierra.

¡Oh Cristo pre-cristiano y post-cristiano.
Cristo todo materia,
Cristo árida carroña recostrada
con cuajarones de la sangre seca;
el cristo de mi pueblo es este Cristo:
carne y sangre hechos tierra, tierra, tierra!

Y las pobres franciscas del convento
en que la Virgen Madre fue tornera
—la Virgen toda cielo y toda vida,
sin pasar por la muerte al cielo vuelta—
cunan la muerte del terrible Cristo
que no despertará sobre la tierra,
porque él, el Cristo de mi tierra,
es sólo tierra, tierra, tierra, tierra…
carne que no palpita,
tierra, tierra, tierra, tierra…
cuajarones de sangre que no fluye,
tierra, tierra, tierra, tierra…

¡Y tú, Cristo del cielo,
redímenos del Cristo de la tierra!

MIGUEL DE UNAMUNO