El nombre del blog

Carta a J. L. Sampedro sobre su libro “Escribir es vivir” escrita en 2005, que no tuve ocasión de hacerle llegar, como origen del nombre de este blog.

Desde que empiezo a leer este libro veo que me engancha de tal manera que no paro hasta que lo leo prácticamente de un tirón. Cosa poco habitual en mí. También me doy cuenta de que para mí es imprescindible subrayar determinadas cuestiones de su contenido que luego me permitan escribirlas y reflexionar sobre ellas, y de esas reflexiones incluso intercambiar opiniones, si llega el caso, con el autor. Esa es la razón por la que empiezo a escribir estas líneas que me servirán a mi mismo y si pudiera ser, se las haría llegar a J. L. Sampedro en espera de sus comentarios a las mismas. La realidad es que me ha emocionado el libro.

Sr. Sampedro, déjeme que le diga que aunque solo había leído hasta ahora uno de sus libros, La sonrisa etrusca, desde hace varios años le he seguido especialmente a través de entrevistas o artículos de prensa relacionados con la literatura. Recuerdo una entrevista que le hacían quizá en alguna presentación de algún libro dónde se me quedó gravada su apreciación sobre la vivencia de un niño hasta los ocho años o así, que puede hacer que tenga necesidad de escribir, de ser escritor. Sobre ese tema insiste en su libro. Libro que en el fondo, como recopilación del curso impartido en la Universidad Menéndez Pelayo, me ha servido casi como si hubiera estado presente en el mismo.

Permítame ahora ya que me presente si no le importa para poderle explicar por qué me quiero dirigir a usted. Yo soy ingeniero industrial químico, llegando a serlo tras estudiar previamente una carrera de grado medio, perito industrial mecánico. He trabajado durante diecisiete años en el sector privado, empresas multinacionales de ingeniería e industrias químico farmacéuticas y de productos de limpieza y tocador. Hasta que tras sacar dos oposiciones libres hoy soy funcionario del Ayuntamiento de Madrid. Y así pasan muchos años de mi vida con muchas vivencias como podrá comprender, hasta que una serie de circunstancias de mi vida hacen que en el año 1992, ya con una edad madura, cuarenta y cuatro años y justo tras terminar de leer el libro de El espectador de Ortega y Gasset, nazca en mi una necesidad que como una fuerza que se abre paso en mi sin poderla detener para llenar, o rellenar, una laguna en mi vida hasta esa fecha carente de una componente literaria que no tardo en querer completar de forma vertiginosa para contrarrestar aquella otra vida hasta entonces llevada llena de carreras técnicas, cursos de especialización, cambios de trabajo, proyectos más o menos interesantes profesionalmente, pero nunca relacionados con el mundo de la creación, de la escritura, ni de la palabra.

En un momento dado me sentí un espectador de la vida. Y me involucraba en ella de manera directa y comprometida. Me recuerda a su comentario sobre la vaca. Y en ese momento por razones diversas podía hacer y decir como si llevase una doble vida. Como si yo estuviera en la vida pero a la vez pudiera tomar distancia de ella, observarla, y escribir por primera vez buscando en el pozo profundo de ella palabras, que, por unos años convertí en diversos poemarios que me sirvieron de inicio en este camino. Hasta hice el esfuerzo de que a cada concurso de poesía que por aquellos años salía, yo me presentaba. Es decir presentaba uno de los poemarios que se ajustaba a las condiciones o bases del concurso en cuestión. Me hizo ver la vida de otra manera. Como si la viviera pero a la vez estuviera fuera de ella. Como yo solía decir a los amigos por aquella época, cuando conseguía irme al rincón de la habitación en mi casa y dedicar dos horas sumido en aquellas cosas que vine en llamar, cosas que no son de este mundo. Lógicamente esos años estuvieron además acompañados de mi participación en todo tipo de talleres literarios que me permitieran conocer y relacionarme con otras personas aficionadas o inmersas en esta misma necesidad. No conseguí ningún premio pero los ratos que pasé escribiendo mis poemarios fueron intensos y no los cambiaría por nada. Cada uno de ellos expresa o capta momentos vividos con intensidad a pesar del dolor que en ocasiones produjo encontrar las palabras que los describen. Incluso intentando tomar distancia de ellos.

Y al cabo de unos años surge la necesidad, mi necesidad, de indagar en la prosa. Empiezo con nuevos talleres de este nuevo descubrimiento o necesidad que me lleva a escribir relatos cortos o cuentos con los que me adentro y participo en otros concursos hasta que me surge, o mejor dicho hay de nuevo unos hechos en mi vida que me llevan a escribir o vivir, o vivir y escribirla según se suceden los hechos que en un momento dado me hacen hasta cuestionarme el sentido de vivir, si es que lo tenía. Escribir aquella historia a mí me rescató. Me hizo entender que sí. La vida tenía sentido a pesar de aquellos hechos contados, llorados, vividos o sufridos junto con la persona que los sufría más directamente. Aquello dio como resultado una novela que tengo escrita como último hecho de mi vida, en lo que yo llamo las cosas que no son de este mundo. Es decir aquellas cosas que se viven, o se escriben, y que no son la rutina diaria pero que te sumerges en ellas y te atrapan y no puedes parar hasta que no las vomitas sobre el papel y toman forma como Dios te da a entender, o el misterio, o la magia, o qué sé yo qué… lo cierto es que de las casi cincuenta personas que lo han leído, todos conocidos he podido oír de todo. Joder Javier son doscientas páginas de denuncia; a mi me parece obscena la escena de la madre y el hijo; tiene un sentido lírico en bastantes aspectos; oye, no lo publicarás, verdad, me da como miedo; eres demasiado realista y muy machacón; deberías dejarla un tiempo durmiendo y volver a releerle y acortarla. En fin, así llevo unos años ya.

Sobre el sitio donde uno nace o vive sus primeros años, me traen al recuerdo sus reflexiones de este libro lo siguiente (Que por cierto y antes de que se me olvide, todo el libro me parece más completo que la asistencia a cualquiera de los talleres literarios por los que he peregrinado desde que descubrí esta otra componente o necesidad literaria en mi vida, más allá de las carreras técnicas que he realizado a lo largo de ella): tuve un vecino en una de esas urbanizaciones de la sierra de Madrid donde hemos pasado varios veranos cuando los hijos son pequeños que me decía tumbado en el césped, mira Javier, yo vine a Madrid cuando hice la mili, directamente desde mi pueblo de Ciudad Real. Y cuando me veo vestido de soldado en la Castellana, miro al cielo veo lo ancho y largo del paseo, me digo con los brazo abiertos, Paco, tu no vuelves al pueblo, tú te quedas en Madrid. Según me lo contaba a mí me estaba viniendo a la memoria, la primera vez que me sacaron del pueblo. Para no volver. A mi me secuestraron de la casa de mi abuelo con seis añitos y me trajeron a un barrio de Madrid sin agua ni luz en la casa y con suelo de tierra donde tenía que compartir casa con mis padres, mis abuelos, mis tres tíos y una pareja con una hija que la casera había metido en la casa además de mi familia sin que mi padre lo supiera al salir del pueblo, donde yo correteaba por patios, portales, corrales, trojes, cuadras, cuarto oscuro, bodega, puerta de atrás, en fin, para vivir en la capital, no solo en aquellas condiciones, sino separado del abuelo a quien desgraciadamente no pude volver a ver porque antes del verano al volver al pueblo murió. Lloraba yo al volver del pueblo aquel mismo año en verano en La Rápida, como solíamos llamar al autobús de La Sepulvedana que unía Madrid con Talavera antes de coger el que nos llevaba al pueblo. Pues yo, Paco, no vine a Madrid, a mí me trajeron, le dije. Y aunque hoy esté agradecido a aquella decisión de mi padre, aquello a mi me marcó. Sin duda.

No lo sé. Yo solo sé que cuando nazco a esta historia de la escritura yo ya no soy un adolescente, aunque puedo asegurar que he vivido las horas de esas cosas, si de las que no son de este mundo, porque las de este mundo son las otras, las que tengo que hacer para poder vivir, con intensidad, con plenitud, y encontrándome muy a gusto en ellas o viviéndolas o reviviéndolas como si mi otra realidad no existiera, o como si me reviviera a mi mismo frente a aquella otra vida que te viene impuesta. Ese adolescente que me siento frente a este descubrimiento tardío de la escritura me recuerda el libro de Stefhen Vizinczey En manos de la mujer madura. A pesar de mi edad distante de aquella etapa. En algunos aspectos me he sentido deslumbrado, por ella, en los términos de su libro.

Empiezo escribiendo sentimientos profundos de dolor que al plasmarlos en el papel y como si dijéramos los elevase a la racionalidad, hubieran salido de mi y se convirtieran en controlables o manipulables a pesar de lo dolorosos que hubieran podido ser haberlos sentido en ocasiones en primera persona.

Curiosamente cuando más he escrito en estos años de dedicación ha sido cuando más trabajo me han llevado las cosas de este mundo. Es como si fuera una necesidad de contraponer a más trabajo de esas cosas, más dedicación a lo etéreo, a lo otro, a lo que en el fondo te debe ayudar a sobrevivir. O a vivir.

Ahora que ya han pasado varios años de los acontecimientos recuerdo la etapa en la que siendo un jefe de un departamento técnico de una multinacional me tocó participar en un paro de toda la fábrica para intentar la readmisión de un compañero despedido por llamar cabrón al jefe de personal en una conversación informal, siendo muy mal vista mi participación por mis compañeros del mismo nivel, y especialmente recuerdo el momento de entrar por la mañana a las ocho, cuando entre otros dos compañeros y yo, vestido con el traje azul marino de mi boda, precisamente, invitar al resto de lo obreros todos con su mono azul a secundar el paro frente al director de fábrica amenazante, para contrarrestar la acción, y veo ahora o vivo o revivo la docilidad con la que nos mostramos, y digo, no, no puede ser lo que está pasando, esto hay que dejarlo escrito, hay que mostrarlo al mundo. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos? ¿O dónde estábamos? ¿Vivimos o morimos?

A veces me cuestiono poder seguir escribiendo a la vez que me dedico a las cosas de este mundo, más pesadas en ocasiones, y me digo ¿es posible compaginar ambas vidas? Usted lo ha hecho y creo que se puede. Pero a veces además creo que es imposible escribir si no está metido uno en todos los charcos de la vida, como creo que usted refiere en algún pasaje de su libro que quizá no he destacado o extraído. Es más tengo un ejemplo de cuando saqué mi primera oposición como perito para el Ayuntamiento cuando me dijeron dos cosas que se me quedaron gravadas. Una dicha por un compañero de la fábrica desde la que di el salto a la Administración Pública. Bueno Javier, ahora ya, a vivir ¿no? Un sin vivir más bien desde entonces, por ser como soy, o quien soy. Y otra, alguien que me recibía como compañero del puesto al que accedía. Aquí lo que hay que hacer es no meterse en los charcos. Tengo una imagen de mi mismo de no haber habido charco que no haya pisado en este tiempo.

Me encanta su reflexión sobre la espiritualidad, la inmortalidad y el misterio. Esa reflexión junto a la de hablar de la magia, el misterio, la espiritualidad, Dios, si se quiere, me trae a la memoria un personaje de mi novela durmiente. En ella, Adora es despedida de su trabajo y siente sobre ella como si una losa dejara de aplastarle. Como si se cumpliera una profecía. Como si estuviera pasando algo que ella sabía que tenía que pasar como al final pasó. Y además descansa cuando pasa. Era como si muriera, a aquella vida anterior y volviera a nacer a otra. Ella lo asume con una paz plena. Tremendo para sus compañeras de trabajo al saber que la habían despedido. Para ella una especie de descanso.

En fin, podría seguir escribiendo porque todo lo que he leído de su libro, cuyos apuntes más destacados se los incluyo como anexo, me sugieren muchas más cosas que si tengo oportunidad intentaré más adelante hacérselas llegar.

Le agradezco que sea usted cómo es y quién es. A mí me llenan plenamente sus palabras y no quería dejar, por nada, de intentar hacerle llegar estas reflexiones.

Un fuerte abrazo,

Javier Bodas Ortega
06/12/05

Pd.- Espero vaya siendo exitoso el combate de la amazona.

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